Si me has leído antes, sabrás que ando peleado con la música mainstream del siglo XXI (lo que llevamos de él). No digo que no me interese su evolución, aunque la mía no es la mirada del crítico o la del melómano. Como aficionado, sí que tiendo a interrogarme sobre la razón de mi cierre (casi) en banda. En el fondo, sé la respuesta, porque yo mismo la puse por escrito en este blog: es una cuestión generacional, de edad. Y, de la misma manera que esos octogenarios que corren maratones no son la norma, a la mayoría de los oyentes veteranos nada nos obliga a estar al día en las novedades que asoman por redes sociales y plataformas.
Lo fácil —y reconfortante— sería limitarme a leer y escuchar opiniones que apuntalen la mía. Por ejemplo, las que Emilio de Gorgot está publicando por entregas en Jot Down, bajo un título harto significativo: Cómo la música ha ido a peor. En los comentarios de los lectores, no faltan los inevitables haters y ofendiditos; también —y esto es lo importante— quienes subrayan la revolución que supone internet, al facilitar el descubrimiento de talentos, la autopromoción, el hazlo-tú-mismo (desde la composición hasta la comercialización), y el que, en definitiva, tengas a tu disposición una variedad musical jamás vista. Claro que eso ocurre al margen de la corriente dominante, que es la que sigue moviendo más dinero y moldeando los gustos mayoritarios.
Asimismo, me interesa la reflexión ponderada de Music Radar Clan a propósito del reggaeton, haciendo hincapié en sus orígenes populares, en su explosión internacional y en las dudas que plantea su futuro. Añade, juiciosamente, que el rechazo visceral de un género musical no es ninguna novedad (el jazz «nigger», el rock de «melenudos y drogadictos degenerados»), ni tampoco las acusaciones de sexismo y violencia (v. gr., el hip hop). Y recuerda, por si lo hubiéramos olvidado, que los gustos musicales son hijos de su tiempo y, por tanto, cambiantes. Lo que hoy se considera «revolucionario» y «contestatario», mañana será conservador. Y el instrumento que fue icono de una época —léase: la guitarra eléctrica—, queda relegado a un papel secundario o desaparece, como advertía en 2019 el también yutuber Jaime Altozano, en un repaso de las modas musicales desde mediados del siglo XX.
Todo esto está muy bien y me ayuda a poner en contexto la música que suena a mi alrededor. Pero no altera mis gustos. Entender el porqué del reggaeton, del trap y de ciertas músicas underground, no las hace más atractivas para mí; si acaso, más comprensibles. Y, sí, también estoy convencido de que mi postura sería más tolerante sin los graves del altavoz portátil de los vecinos retumbando suelos y paredes, o sin los bafles de coche que atruenan en la calle a horas intempestivas…
Así pues, al toparme con propuestas que se salen un poco del estándar, aún dentro del mainstream, no dudo en compartirlas aquí. Nada realmente extraordinario, apenas un par de discos que me han sorprendido gratamente en estos primeros días del año. Uno es la ultimísima entrega de The Weeknd, artista que ya apareció en mi post de Nochevieja. Del otro han pasado casi dos años, pero sigue siendo el último álbum de estudio de Dua Lipa.
Continuar leyendo «OK Boomer»